martes, 2 de febrero de 2016

“Saber cuándo me iba a morir, me liberaba de la incertidumbre

El guitarrista de blues rock celebra con conciertos la superación de un cáncer terminal






El guitarrista la pasada semana en Barcelona. Gianluca Battista
Johnson Wilko Johnson debería estar muerto, pero aparece jovial por la puerta del hotel barcelonés en el que se hospeda. Le acompaña, más menudo, unos metros más abajo, Norman Watt-Roy, el bajista-escudero de Ian Dury, que de no ser inglés sería palmero en un tablao. También sonríe. Festival de risas, Wilko Johnson sigue vivo y vive en los escenarios, probablemente responsables de que hoy siga tocando Back In The Night por esos mundos de dios: “Me diagnosticaron un cáncer terminal que acabaría conmigo en diez meses, antes si no me sometía a tratamiento. Yo quería vivir bien lo que me restase, así que seguí tocando. Y aquí estoy”.


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Por si su jovial tono de voz no indicase suficiente alegría, Wilko, traje negro, camisa blanca, extiende expansivo los brazos, sonríe abiertamente como el abuelo que acaba de sorprender a su nieto y abre exageradamente los ojos para mostrar que ellos también se carcajean. Fue diagnosticado en 2012 y dos años después declaró haber vencido la enfermedad. Su odisea la cuenta The Ectasy Of Wilko Johnson, un documental de Julien Temple. “Todavía me cuesta creer que el señor que allí aparece continúe vivo”, desliza Wilko, volviendo a abrir los brazos. Parece un niño con una vida nueva.
En ‘schock
“Cuando me dijeron que moriría entré en shock, perdí la capacidad de reacción”, recuerda el que fuera guitarrista de los simpar Dr. Feelgood. “Pero como no sentía dolor estaba tan bien. Miré los árboles y al cielo y me inundó la vida, pensé en que había cosas muy hermosas. Puede que fuese una forma de positivar la situación”. ¿Y qué es lo primero que quiso hacer además de seguir tocando? “Ir a Japón, donde tengo muy buenos fans. Pensé que podía iniciar allí mi despedida de los escenarios. Cuando en el último bis decía adiós con el Johnny B Goode, realmente me estaba despidiendo para siempre”. ¿Y notó si el público le iba a ver por morbo?, “Bueno, alguno debía de haber”, asegura Wilko, “pero la mayoría simplemente fueron a despedirse. Y pasaron cosas hermosas, como el día en el que tocamos en el festival Fuji, donde había estado lloviendo copiosamente, y justo cuando salimos al escenario se abrió cielo y los rayos de luz lo iluminaron. Fue mágico” El brillo de sus ojos no miente, debió serlo.




Pese a su aspecto fiero, no en vano encarnó al verdugo Ilyn Payne en Juego de Tronos, Wilko es emotivo y una persona positiva. Tal y como explica en el excelente documental de Temple. “Saber cuándo me iba a morir me liberaba de esa incertidumbre que acosa a los demás humanos”, afirma. Lo que conduce a preguntarle cómo se siente ahora, cuando de nuevo ignora cuándo y de qué morirá. “Es extraño porque estoy volviendo poco a poco al mundo de los normales, estoy bajando de las nubes en las que vivía mientras pensaba que iba a morir, pero no es un proceso rápido. Además, como me dijo un amigo, antes tenía la suerte de saber que no iba a envejecer”, suelta con una carcajada que hace temblar la crema de su café con leche. ¿Y el público y sus allegados le trataban como a un enfermo? “Yo no me sentía enfermo, sabía que lo estaba, pero sólo percibía que el tumor me abultaba el vientre, y al vivir con normalidad no me trataban como a un paciente. Mi hijo es mi manager y le decía que había que reparar tal o cual cosa de casa antes de morirme y la gente me decía que no se lo dijese con tanta frialdad, que era mi hijo, que yo podía tener clara mi muerte pero que no todos lo vivían así. Hace diez años mi mujer murió de cáncer, habíamos estado juntos 40 años, y aún la añoro, aún la amo. Lo peor es no poder hacer nada por quien ves que se está muriendo. Eso es casi peor que saber que tú tienes cáncer”. ¿No sentía miedo a morir? “No le temo a la muerte, lo que temo es el acto de morirme”.

Y Wilko Johnnson siguió tocando por el mundo, despidiéndose. El disco conjunto con Roger Daltrey, Going back home, es un poco hijo de la enfermedad. “Era un proyecto antiguo”, rememora Wilko, “pero con la enfermedad le dije a Roger que había que grabarlo ya”. Y ríe. 



“Resultó que el turmor era operable. Me lo extrajeron. Pesó 3 kilos”

La vida siguió y un día, en un backstage, un cirujano que además es fotógrafo le interpeló. “Me dijo que era raro que el tumor, enorme ya, no me hubiese matado. Me sugirió ir a Cambridge a hacer unos análisis y resultó que el tumor era operable. Y me lo extrajeron. Pesó 3 kilos”. Luego, la música le salvó la vida, de no seguir tocando igual hubiese muerto. “No”, responde Wilko de inmediato. “Me salvaron los doctores”, añade. ¿Pero usted sigue creyendo en los doctores? “Por supuesto, creí al que me dijo que moriría y creí al que me dijo que sanaría”. ¿Y no va a contar esta experiencia con nuevas canciones? “No, empecé a escribir música y sólo me salían letras de relojes en cuenta atrás. Prefiero escribir mis memorias, que es lo que estoy haciendo”.

viernes, 15 de enero de 2016

Cuando la muerte causa un dolor tan profundo que no desaparece

El sufrimiento complejo o prolongado puede afectar a cualquiera, pero especialmente a los adultos de más edad, debido a las muchas pérdidas que sufren

Paula Span 3 SEP 2015 - 10:07 CEST

'El primer duelo', de William Bouguereau. / Wikipedia.

Había cuidado de su marido durante los ocho últimos años de su vida, en los que este había padecido ceguera, cáncer e insuficiencia cardiaca. Tras su muerte en 2002, vendió la casa de Long Island que habían amado y compartido, ya que le traía demasiados recuerdos, y se trasladó a la casa de campo que tenían en el norte del estado de Nueva York.

Sus amigos pensaban que Anne Schomaker estaba sobrellevando bien su pérdida, según recuerda ella misma. “Me hice voluntaria, para salir y mantenerme activa, para llenar el vacío”, dice. “Me interesaba por muchas cosas”. Viajaba e incluso intentó salir con alguien otra vez.

“Pero la verdad es que no me iba bien”, relata Schomaker, de 73 años. “Sufría terribles ataques de tristeza y abatimiento. Echaba muchísimo de menos a mi marido”.

Anne Schomaker estuvo nueve años sumida en una pena profunda por la muerte de su marido
Incluso tras acudir a un terapeuta, lo cual la ayudó, tenía pesadillas y no soportaba escuchar las arias de sus óperas favoritas. “El dolor no desaparecía”, explica.

La muerte de alguien querido suele acarrear una intensa tristeza. Lo normal, sin embargo, es que el profundo sufrimiento de las primeras fases del duelo empiece a remitir a medida que pasan los meses, y que los periodos en los que continúa el dolor se alternen con una creciente capacidad para redescubrir los placeres de la vida.

Lo que hacía diferente al sufrimiento de Schomaker era su enorme duración. Llevaba nueve años sumida en una pena profunda cuando vio un anuncio de la Universidad de Columbia, según el cual unos investigadores que habían ideado un tratamiento para el "sufrimiento complejo" buscaban voluntarios para un estudio.

Schomaker pensó que, a lo mejor, este nuevo planteamiento la ayudaría.

El sufrimiento complejo o prolongado puede afectar a cualquiera, pero especialmente a los adultos de más edad, debido a las muchas pérdidas que sufren (cónyuges, padres, hermanos, amigos). “Llega de la mano del duelo”, explica Katherine Shear, la psiquiatra que dirige el estudio de la Universidad de Columbia. “Y la prevalencia de pérdidas importantes es muchísimo mayor entre quienes tienen más de 65 años”.

En un artículo de revisión publicado en The New England Journal of Medicine a principios de este año, Shear enumeraba varios síntomas propios del sufrimiento complejo: añoranza o anhelo intenso, pensamientos y recuerdos que causan preocupación e incapacidad para aceptar la pérdida e imaginar el futuro sin la persona fallecida.

A menudo, quienes padecen estos síntomas están convencidos de que, de haber hecho algo de forma diferente, podrían haber evitado la muerte. El sufrimiento complejo, que es grave y prolongado si se compara con las reacciones habituales, reduce la capacidad funcional de quien lo padece.

“El hecho de adaptarse a una pérdida forma parte de nosotros tanto como el propio dolor”, prosigue Shear, quien dirige el Centro de Sufrimiento Complejo de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Columbia. En el caso del sufrimiento complejo, “hay algo que obstaculiza esa adaptación”, añade. “Algo impide que la recuperación siga su curso”.

¿Son habituales los casos de sufrimiento prolongado? Un estudio epidemiológico de más de 2.500 personas, llevado a cabo en Alemania en 2009, situaba la proporción en el 7 %, y el 9 % entre los mayores de 61 años.

El trastorno se caracteriza por añoranza o anhelo intenso, pensamientos y recuerdos que causan preocupación e incapacidad para aceptar la pérdida e imaginar el futuro sin la persona fallecida
George A. Bonanno, director del Laboratorio de Pérdida, Trauma y Emociones de la Escuela de Educación para Licenciados de la Universidad de Columbia, opina que la cifra real podría estar más cerca del 10 o el 15%.

Bonano, autor de The Other Side of Sadness: What the New Science of Bereavement Tells Us About Life After Loss [El otro lado de la tristeza: lo que la nueva ciencia del dolor nos dice sobre la vida después de una pérdida] sostiene que la capacidad de recuperación es la respuesta habitual a la muerte de los seres queridos. Sin embargo, señala, “siempre hay un grupo de personas que no se recuperan”.

Es más probable que el problema surja cuando la muerte es repentina o violenta; cuando la persona fallecida es el cónyuge, el compañero sentimental o el hijo; o cuando la persona afectada presenta un historial de depresión, ansiedad o consumo de drogas.

Definir esta clase de sufrimiento ha dado pie a algunas discrepancias profesionales. ¿Qué criterios diferencian el sufrimiento complejo de la depresión o la ansiedad? ¿Cuándo se convierte en prolongado un sufrimiento normal? Los investigadores discrepan incluso en el nombre de la afección.

La Asociación Psiquiátrica Estadounidense, en la última versión de su Manual Diagnóstico y Estadístico de trastornos mentales, prefería no catalogar el sufrimiento complejo como un trastorno mental y, en cambio, incluía el “trastorno complejo persistente relacionado con el duelo” en un anexo, con vistas a seguir estudiándolo.

La quinta edición, publicada en 2013, considera que 12 meses son el punto a partir del cual los síntomas continuos de sufrimiento intenso pueden constituir un trastorno, aunque Shear y otros investigadores han propuesto un límite de seis meses.

Algunos expertos sostienen que las pruebas de las que se dispone no respaldan la existencia de una distinción clara entre el sufrimiento de duración superior a la media y la enfermedad mental. “¿Es necesario que la psiquiatría catalogue continuamente como trastornos las diversas emociones humanas normales?”, preguntaba Jerome C. Wakefield, catedrático de Trabajo Social y Psiquiatría de la Universidad de Nueva York.

El Centro de Sufrimiento Complejo ha publicado un manual y ofrece cursos de formación a los terapeutas

Al diagnosticar el sufrimiento complejo tan solo seis meses después de un fallecimiento, “nos encontraremos con que muchas personas normales recibirán un tratamiento que no necesitan”, fármacos incluidos. A Shear también le preocupa la “patologización” de las emociones normales. Pero cuando una mujer sigue siendo incapaz de salir de casa o responder al teléfono cuatro años después del fallecimiento de su hijo adulto, como le sucedía a una paciente, es evidente que algo va mal.

“Si a uno le preocupa lo que le está sucediendo, si no consigue interesarse más por la vida y las personas de su alrededor le dicen: ‘Cariño, deja de compadecerte de ti misma’, ¿por qué no buscar ayuda?”, se pregunta Shear. En un estudio clínico, el tratamiento del sufrimiento complejo, desarrollado por su centro, resultaba más eficaz entre los adultos mayores que la psicoterapia interpersonal.

A los participantes, entre los que se encontraba Schomaker, se les entregaba una escala con afirmaciones que medían la respuesta a la pérdida, como: “Pienso tanto en esa persona que me resulta difícil hacer las cosas que suelo hacer” y “Siento que la vida está vacía sin la persona fallecida”. Las puntuaciones altas indicaban un sufrimiento complejo.

Casi la mitad de los 151 participantes (edad media: 66 años) había perdido a un cónyuge o compañero sentimental y más de la cuarta parte había perdido a un progenitor. Habían transcurrido más de tres años, de media, desde el fallecimiento. La mayoría de los participantes afirmaban haber pensado en el suicidio.

De forma aleatoria, se les repartió en dos grupos de modo que unos recibiesen 16 sesiones semanales de tratamiento para el sufrimiento complejo —que se centra específicamente en los síntomas del duelo y emplea recuerdos, fotografías y grabaciones— y otros, un tratamiento de psicoterapia interpersonal.

Ambos tratamientos les ayudaron, pero en el grupo que recibió el tratamiento para el sufrimiento complejo, más del 70% mostró una mejoría "grande" o "muy grande" en cuanto a la gravedad de sus síntomas e impedimentos, frente al 32% del grupo de la psicoterapia ordinaria. Un estudio realizado en cuatro centros, que ya ha finalizado pero aún no se ha publicado, ha puesto de manifiesto una eficacia similar, según explica Shear.
Siempre hay un grupo de personas que no se recupera”
A fin de que todo el mundo pueda acceder a su método, el Centro de Sufrimiento Complejo ha publicado un manual y ofrece cursos de formación a los terapeutas; los miembros del personal atienden y responden a las preguntas de los pacientes y terapeutas de todo el país.

Por ejemplo, Darlyn Reardon, de Ross Township (Pensilvania), recibió tratamiento para el sufrimiento complejo en el Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh en 2011. Después de que su marido de 40 años muriese de cáncer, “fue como si yo también hubiese perdido la vida”, relata. Transcurrieron siete años y “no me cuidaba”, recuerda. “No iba al médico. Dejé de ir a la iglesia. Teníamos un grupo de amigos y dejé de verlos. Lo dejé todo”. Reardon, de 72 años, siempre echará de menos a su marido, John, que era bombero. Pero ahora puede disfrutar viendo una película cualquiera o saliendo a comer con su prima, o la compañía de su cariñoso doguillo llamado Lovey o de sus nietos adolescentes.

Schomaker también nota una recuperación considerable. Es voluntaria y aficionada a los museos, tiene una activa vida social y se siente agradecida por el tratamiento para el sufrimiento complejo que recibió. “Consigue que pensemos en nuestra pérdida de un modo diferente”, explica. “Nos anima a seguir adelante, porque hay felicidad en nuestro porvenir”.

Traducción de News Clips
© 2015 New York Times News Service

domingo, 15 de noviembre de 2015

La muerte a los 18 años


"Ninguno de nosotros saldrá vivo de la Tierra, así que hay que ser, como persona, valiente, graciosa, amable y estar agradecida por las oportunidades que tienes"  
"El futuro está verdaderamente en tus manos. Olvídate de los sueños a largo plazo. Seamos apasionadas por los objetivos del presente. Hay que ser ambiciosas porque no sabemos dónde o cuándo podríamos terminar. Os deseo lo mejor en vuestro viaje y os agradezco a todos haber sido parte del mío".

Jake Bailey, de 18 años, un joven estudiante neozelandés afectado por un linfoma terminal Burkitts non-Hodgkin.

jueves, 22 de octubre de 2015

¿Qué ocurre después de la muerte?

La mayoría preferimos no pensar en lo que sucede con nuestro cuerpo cuando morimos. 
Pero esa descomposición es el origen inesperado de una nueva vida
 


'La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp', del pintor holandés Rembrandt.

“No va a ser fácil quebrar esto”, dice Holly Williams, de la funeraria, mientras levanta el brazo de John y dobla con delicadeza los dedos, el codo y la muñeca. “En general, cuanto más reciente es un cadáver, mejor se trabaja con él”.

Williams habla en voz baja, con una despreocupación que contrasta con la naturaleza de su labor. Creció en el norte de Texas, en la funeraria familiar donde trabaja, y ha visto y manipulado cadáveres casi a diario desde la infancia. Unos mil cuerpos, calcula a sus 28 años. Su trabajo consiste en recoger cuerpos de personas recién fallecidas en el área de Dallas-Fort Worth y prepararlos para su funeral.
“La mayoría los recogemos en residencias de ancianos”, dice Williams, “pero a veces traemos gente que ha muerto por herida de bala o en un accidente de circulación. Pueden llamarnos para que vayamos a por alguien que murió en soledad hace días o semanas, alguien que ya ha empezado a descomponerse, lo que dificulta el trabajo”.

Lejos de estar muerto, un cuerpo en descomposición rebosa de vida

John llevaba unas cuatro horas muerto cuando su cuerpo fue trasladado a la funeraria. Había gozado casi siempre de una salud razonable. Su trabajo de toda la vida, en las explotaciones petrolíferas de Texas, lo mantenía activo y en forma. Llevaba años sin fumar y no abusaba del alcohol. Hasta que una fría mañana de enero sufrió un infarto en su casa (por complicaciones inesperadas, al parecer), cayó al suelo y murió casi en el acto. Tenía apenas 57 años.

La mesa metálica de Williams acoge ahora el cuerpo de John cubierto con una sábana blanca de lino, frío y duro al tacto y con la piel entre gris y purpúrea, síntomas claros de que la descomposición ya ha empezado.

Autolisis

Lejos de estar muerto, un cuerpo en descomposición rebosa de vida. Cada vez hay más científicos que hacen del cadáver la piedra angular de un ecosistema vasto y complejo que surge poco después de la muerte, y prospera y evoluciona a medida que la descomposición avanza.

La descomposición empieza unos minutos más tarde de la muerte con un proceso llamado autolisis, o autodigestión. Poco después de que el corazón se pare, las células se quedan sin oxígeno y su acidez aumenta a medida que los derivados tóxicos de las reacciones químicas se acumulan en su interior. Las enzimas comienzan a digerir las membranas celulares antes de filtrarse por las células rotas. El proceso suele empezar en el hígado, rico en enzimas, y en el cerebro, que tiene un alto contenido en agua. Finalmente, todos los tejidos y órganos se colapsan del mismo modo. Rotos los vasos sanguíneos, las células se depositan, por efecto de la gravedad, en los capilares y las venas pequeñas, decolorando la piel.

La descomposición es un final, un recordatorio morboso de que toda la materia del universo debe obedecer estas leyes fundamentales. Nos desbarata, equilibrando nuestra masa corporal con su entorno, reciclándola para que otros seres vivos puedan usarla

La temperatura corporal empieza a caer también, hasta adaptarse al entorno. Es el momento del rigor mortis –“la rigidez de la muerte”-, que comienza por los párpados, la mandíbula y los músculos del cuello y sigue con el tronco y las extremidades. En un cuerpo vivo, las células musculares se contraen y se relajan gracias a la acción de dos proteínas filamentosas (la actina y la miosina), que se deslizan a la par. Tras la muerte, las células se ven privadas de su fuente de energía y los filamentos proteicos quedan inmovilizados. Esto provoca la rigidez de los músculos y la parálisis de las articulaciones.

En estas primeras fases, el ecosistema del cadáver está formado sobre todo por bacterias que viven en y del cuerpo humano vivo. Nuestro cuerpo alberga una enorme cantidad de bacterias. Cada superficie, cada rincón del cuerpo es un hábitat para comunidades de microbios específicas. Con diferencia, la mayor de estas comunidades está en el intestino, donde residen billones de bacterias de cientos o miles de especies diferentes.

La microbiota [conjunto de microorganismos localizados en distintos sitios del cuerpo humano] es un tema apasionante para muchos biólogos. Se le han asignado diversos papeles en la salud humana y se la asocia a miles de afecciones y dolencias, desde el autismo y la depresión hasta el síndrome del colon irritable y la obesidad. Pero es poco lo que sabemos de estos parásitos microbianos. Y menos aún lo que sabemos de ellos cuando morimos.

'El entierro del señor de Orgaz', de El Greco, ubicado en la parroquia de Santo Tomé de Toledo.

En agosto de 2014, la científica forense Gulnaz Javan, de la Universidad Estatal de Alabama en Montgomery, y sus colegas publicaron el primer estudio sobre lo que llamaron the thanatomicrobiome (del griego thanatos, “muerte”).

“Muchas de nuestras muestras proceden de casos criminales”, dice Javan. “Alguien se suicida, o es asesinado, o muere por una sobredosis o en un accidente de tráfico, y yo recojo muestras de tejido del cuerpo. Hay cuestiones éticas que nos obligan a solicitar un consentimiento”.

La mayoría de los órganos internos están libres de microbios mientras vivimos. Poco después de la muerte, sin embargo, el sistema inmune deja de funcionar, lo que permite su expansión por todo el cuerpo. Es algo que suele empezar en las tripas, en el cruce entre los intestinos grueso y delgado –y enseguida en los tejidos vecinos-, de dentro afuera. Alimentándose del cóctel químico que se escapa de las células dañadas, los microbios invaden los capilares del sistema digestivo y los nódulos linfáticos y se propagan por el hígado y el bazo antes de pasar al corazón y el cerebro.

Javan y su equipo trabajaron con muestras del hígado, bazo, cerebro, corazón y sangre tomadas de 11 cuerpos entre 20 y 240 horas después de su muerte. Para analizar y comparar el contenido bacteriano de cada muestra, combinaron técnicas bioinformáticas con dos tecnologías punteras en secuenciación de ADN.

Las muestras tomadas de los órganos de un cadáver eran muy semejantes entre sí pero muy distintas de aquellas tomadas de esos mismos órganos en otro cuerpo. La explicación, en parte, podría estar en las diferencias en la composición de la microbiota de cada cadáver, o bien en las diferencias en el tiempo transcurrido desde la muerte. Un estudio anterior con ratones en descomposición demostró que si bien la microbiota cambia considerablemente después de la muerte, ese cambio es uniforme y mensurable. Los científicos lograron reducir a un lapso de tres días el período en que había fallecido una persona que podía llevar casi dos meses muerta.

Tras la muerte, las células se ven privadas de su fuente de energía y los filamentos proteicos quedan inmovilizados. Esto provoca la rigidez de los músculos y la parálisis de las articulaciones

El estudio de Javan sugería que ese “reloj microbiano” podría estar aún funcionando dentro del cuerpo humano en descomposición. Demostraba que las bacterias alcanzaron el hígado unas 20 horas después de la muerte y que transcurrieron al menos 58 horas hasta que se propagaron por todos los órganos de los que se tomaron muestras. Es posible, por tanto, que tras la muerte nuestras bacterias se expandan por el cuerpo de un modo sistemático, y que la cadencia con la que se infiltran primero en un órgano interno y después en otro nos ofrezca otro modo de estimar el tiempo transcurrido desde la muerte.

“El grado de descomposición varía entre los distintos individuos pero también entre los distintos órganos”, dice Javan. “El bazo, el intestino y el estómago, así como el útero de una embarazada, se descomponen antes, mientras que el riñón, el corazón y los huesos sufren un deterioro más lento”. En 2014, Javan y sus colegas obtuvieron una ayuda de 200.000 dólares de la National Science Foundation para continuar investigando. “Seguiremos usando tecnologías punteras de secuenciación y técnicas bioinformáticas con el fin de averiguar qué órgano es el más adecuado para establecer la hora de la muerte. Eso es algo que todavía no está claro”, dice.

Lo que sí parece claro es que las fases en la descomposición de un cuerpo dependen de la composición bacteriana.

Putrefacción

Hay media docena de cadáveres, en diversos estados de descomposición, desparramados entre los pinos de Huntsville, en Texas. En el centro del recinto están los dos últimos en llegar, con los brazos y las piernas en cruz, la piel fláccida y cárdena aún intacta, y la caja torácica y los huesos pélvicos visibles entre la carne que se pudre lentamente. Unos metros más allá hay otro cadáver, reducido a su condición de esqueleto, con la piel negra y endurecida pegada a los huesos, como si llevara un traje de látex y un casquete en la cabeza. Al fondo, tras unos restos esqueléticos diseminados por los buitres, hay todavía otro cuerpo en un armazón de madera y alambre. Está llegando al final del ciclo mortuorio, momificado ya en parte. Varios hongos, grandes y pardos, crecen allí donde una vez hubo un abdomen.

Para la mayoría de nosotros un cadáver en descomposición es algo perturbador, cuando no repulsivo y espeluznante, una de esas cosas que luego se nos aparece en sueños. Pero para los chicos del Complejo de Ciencia Forense Aplicada del Sudeste de Texas, los cadáveres son el pan nuestro de cada día. Sus instalaciones, abiertas en 2009, ocupan casi 100 hectáreas del National Forest, propiedad de la Universidad Estatal Sam Houston (SHSU). En su interior hay un terreno de 3 hectáreas de bosque espeso que ha sido aislado y subdividido por medio de alambradas de 3 metros erizadas de púas.

El ecosistema del cadáver está formado sobre todo por bacterias que viven en y del cuerpo humano vivo. Cada superficie, cada rincón del cuerpo es un hábitat para comunidades de microbios. Con diferencia, la mayor de estas comunidades está en el intestino
A finales de 2011, Sibyl Bucheli, Aaron Lynne y sus colegas del SHSU dejaron descomponerse allí dos cadáveres recientes sin modificar las condiciones del entorno.

Una vez que la autolisis se inicia y las bacterias van escapando del tracto gatrointestinal, comienza la putrefacción. Es la muerte molecular, la descomposición, aún más aguda, de los tejidos blandos en gases, líquidos y sales. En realidad es algo que ya había empezado, pero es con la intervención de las bacterias anaeróbicas cuando de verdad coge impulso.

En la putrefacción, las especies bacterianas aeróbicas, que necesitan oxígeno para crecer, ceden el terreno a las anaeróbicas, que no lo necesitan. Estas comienzan a alimentarse de los tejidos corporales, fermentando los azúcares en su interior y produciendo así derivados gaseosos como el metano, el sulfuro de hidrógeno y el amoniaco, que se acumulan en el cuerpo e inflan (o “entumecen”) el abdomen y a veces otras partes del cuerpo.

De esta forma el cuerpo se decolora aún más. A medida que las células sanguíneas escapan de los vasos en desintegración, las bacterias anaeróbicas transforman las moléculas de la hemoglobina, que llevaban el oxígeno por el cuerpo, en sulfohemoglobina. La presencia de esta molécula en la sangre es lo que da al cuerpo en plena descomposición esa apariencia translúcida, olivácea, tan característica.
'La autopsia', del pintor valenciano Enrique Simonet.

Con el aumento de la presión gaseosa en el interior, la superficie del cuerpo se llena de ampollas. A continuación viene la flaccidez y enseguida el desprendimiento de grandes capas de piel, que apenas se sujetan ya al armazón. Finalmente, los gases y los tejidos licuados abandonan el cuerpo, por lo común a través del ano u otros orificios, a veces por la piel desgarrada en otras zonas. Puede ocurrir que la presión sea tan grande que el abdomen se abra de golpe.

El entumecimiento sirve a menudo para indicar la transición de las primeras fases de la descomposición a las siguientes. Otro estudio reciente ha demostrado que esa transición se caracteriza por un cambio evidente en la composición bacteriana del cadáver.

Bucheli y Lynne recogieron muestras de bacterias de diversas partes de los cadáveres al inicio y al final de la fase de entumecimiento. A continuación extrajeron ADN bacteriano de las muestras y lo secuenciaron.

Como entomóloga, a Bucheli le interesan sobre todo los insectos que colonizan los cadáveres. Ve el cadáver como un hábitat específico para las diversas especies de insectos necrófagos, algunas de las cuales completan su ciclo vital dentro, sobre o alrededor de los restos mortales.

Colonización

Cuando un cuerpo en descomposición comienza a purgarse queda expuesto al entorno. En esta fase, el ecosistema cadavérico es ya completamente autónomo: un nido de microbios, insectos y carroñeros.

Dos especies asociadas a la descomposición son la moscarda y la mosca de la carne (y sus larvas). Los cadáveres desprenden un olor fétido, dulzón, nacido de una compleja mezcla de compuestos volátiles que cambia según progresa la descomposición. Las moscardas detectan el olor mediante receptores especializados en sus antenas, se posan en el cadáver y ponen sus huevos en los orificios y las heridas abiertas.

Cada mosca pone unos 250 huevos que se abren en el espacio de 24 horas. Las pequeñas larvas se alimentan de la carne putrefacta y mudan en larvas más grandes, que se alimentan durante varias horas antes de volver a mudar. Tras seguir alimentándose, estas larvas, ya de mayor tamaño, se arrastran fuera del cuerpo. Entonces pupan y se transforman en moscas adultas, y el ciclo recomienza hasta que no queda con qué alimentarse.

Es posible que, tras la muerte, nuestras bacterias se expandan por el cuerpo de un modo sistemático, y que la cadencia con la que se infiltran primero en un órgano interno y después en otro nos ofrezca otro modo de estimar el tiempo transcurrido desde la muerte

En condiciones normales, un cuerpo en descomposición contendrá un gran número de larvas en la tercera fase. Esta “masa larval” genera mucho calor, elevando la temperatura en el interior del cadáver en más de 10ºC. Igual que una piña de pingüinos en el Polo Sur, la masa larval está en constante movimiento. Pero mientras los pingüinos se juntan para darse calor, las larvas se mueven para refrigerarse.

“Es una espada de doble filo”, explica Bucheli en su despacho del SHSU, rodeada de enormes insectos de plástico y su colección de muñecas Monster High. “Si estás siempre en el borde, puede comerte un pájaro, y si estás siempre en el centro, te puedes cocer. Así que se mueven constantemente entre el centro y los extremos”.

La presencia de moscas atrae a diversos depredadores, como el escarabajo de la piel, el ácaro, la hormiga, la avispa y la araña, que se alimentan de las larvas y los huevos de las moscas, o bien los parasitan. Los buitres y otros carroñeros, al igual que algunos grandes carnívoros, pueden también aparecer por allí.

Pero son las larvas, en ausencia de carroñeros, las encargadas de eliminar los tejidos blandos. Como anotó en 1767 Carl Linneo (a quien debemos el sistema usado por los científicos para nombrar las distintas especies), “tres moscas pueden consumir el cadáver de un caballo en el mismo tiempo que un león”. Las larvas de la tercera fase saldrán por fin del cadáver en grandes cantidades, casi siempre siguiendo la misma ruta. Su actividad es tan minuciosa que sus rutas migratorias pueden apreciarse, tras la descomposición, en los hondos surcos que quedan en el suelo emanado del cuerpo.

Cada especie que visita el cadáver tiene un repertorio único de microbios intestinales y es probable que los diferentes tipos de suelo alberguen diferentes comunidades bacterianas cuya composición esté determinada por factores como la temperatura, la humedad y el tipo y la textura del suelo.

Dos especies asociadas a la descomposición son la moscarda y la mosca de la carne (y sus larvas). Los cadáveres desprenden un olor fétido, dulzón, nacido de una compleja mezcla de compuestos volátiles que cambia según progresa la descomposición

Todos estos microbios se mezclan y se relacionan dentro del ecosistema cadavérico. Además de dejar sus huevos en él, las moscas que llegan al cadáver se llevan algunas de las bacterias que encuentran allí y dejan otras propias. Los tejidos licuados que se filtran a través del cuerpo permiten, por su parte, el intercambio de bacterias entre el cadáver y el suelo subyacente.

Cuando toman muestras de los cadáveres, Bucheli y Lynne reconocen bacterias que tienen su origen en la piel del cuerpo, en las moscas y los carroñeros que lo colonizan, y también en el suelo. “Cuando un cuerpo se deshace, las bacterias intestinales empiezan a emerger, y vemos una mayor proporción fuera de él”, dice Lynne.

De modo que es probable que cada cadáver tenga su propia firma microbiológica y que esta firma pueda cambiar con el tiempo dependiendo de las condiciones precisas del lugar de la muerte. Si se logra entender mejor la composición de estas comunidades bacterianas, las relaciones entre ellas y cómo se influyen entre sí a medida que avanza la descomposición, algún día los forenses tendrán más información del dónde, cuándo y cómo de la persona muerta.

Por poner un ejemplo, la detección, en un cadáver, de secuencias de ADN específicas de un organismo particular o un tipo de suelo podría ayudar a los investigadores que trabajan en la escena del crimen a relacionar el cuerpo de una víctima de asesinato con una localización geográfica, o incluso a estrechar aún más –una finca en un área concreta- la zona donde buscar pistas.

“Ha habido ya varios casos criminales en los que la entomología forense ha aportado piezas vitales para completar el puzle”, dice Bucheli, que confía en que las bacterias puedan suministrar información adicional y se conviertan en una herramienta más para afinar el cálculo del tiempo en que se produjo una muerte. “Espero que en unos cinco años podamos estar usando información bacteriana en un proceso criminal”, dice.

Con ese objetivo, los investigadores se afanan en catalogar las especies bacterianas dentro y fuera del cuerpo humano mientras estudian las diferencias entre las poblaciones de bacterias en cada individuo. “Me encantaría tener datos que vayan de la vida a la muerte”, dice Bucheli. “Me encantaría encontrar un donante que me dejara tomarle muestras bacterianas en vida y cuando hubiera muerto y mientras se descompone”.

Purga

“Estamos estudiando el fluido de la purga que sale de los cuerpos en descomposición”, dice Daniel Wescott, director del Centro de Antropología Forense de la Universidad del Estado de Texas en San Marcos.

Wescott, antropólogo especializado en estructura craneal, utiliza un escáner de micro-CT para analizar la estructura microscópica de los huesos que le traen de la granja de cadáveres. También colabora con entomólogos y microbiólogos –entre ellos Javan, ocupado últimamente en el análisis de muestras de suelo cadavérico recogidas en las instalaciones de San Marcos- además de ingenieros informáticos y un piloto que opera un dron que toma fotografías aéreas de las instalaciones.

“He estado leyendo un artículo sobre drones que sobrevuelan tierras de cultivo con el fin de decidir cuáles son más fértiles”, dice. “Utilizan un casi-infrarrojo, y los suelos con una mayor riqueza orgánica presentan un color más oscuro que los otros. Pensé que si eso era posible, entonces nosotros podíamos centrarnos en nuestros pequeños círculos”.

Esos “pequeños círculos” son islas de descomposición cadavérica. El cadáver altera significativamente la composición química del suelo sobre el que se descompone, provocando cambios que pueden durar años. La purga – la expulsión de desechos de los restos del cuerpo- libera nutrientes en el suelo, y la migración de las larvas transfiere casi toda la energía del cuerpo a un entorno más amplio. Finalmente, el proceso crea una “isla de descomposición cadavérica”, un área muy concentrada de suelo de gran riqueza orgánica. No solo libera nutrientes en un ecosistema más amplio sino que atrae otras materias orgánicas, como insectos muertos y restos fecales de animales más grandes.

Se calcula que un cuerpo humano normal está formado por entre un 50% y un 75% de agua, y que cada kilo de masa corporal seca acaba por liberar 32 gramos de nitrógeno, 10 gramos de fósforo, 4 gramos de potasio y 1 gramo de magnesio en el suelo. En un primer momento destruye parte de la vegetación del entorno, bien por la toxicidad del nitrógeno, bien por los antibióticos que contiene el cuerpo, secretados por las larvas de los insectos mientras se alimentan de su carne. Pero, al final, la descomposición beneficia al ecosistema de los alrededores.

Todo sobre la muerte

La biomasa microbiana dentro de la isla de descomposición cadavérica es mayor que en otras áreas cercanas. Atraídos por los nutrientes que el cuerpo va filtrando, los gusanos nematodos, vinculados a la descomposición, se hacen más abundantes, con lo que la vida vegetal es también más diversa. Estudiar en profundidad cómo los cadáveres en descomposición alteran la ecología del entorno podría facilitar la búsqueda de víctimas de asesinato cuyos cuerpos hubieran sido enterrados de manera superficial.

El análisis de la tierra de la sepultura podría también proporcionarnos otro modo de calcular el momento de la muerte. Un estudio de 2008 sobre los cambios bioquímicos que tienen lugar en una isla de descomposición cadavérica mostraba que la concentración de lípido-fósforos que fluye del cadáver está en su apogeo unos 40 días después de la muerte, mientras que la del nitrógeno y el fósforo extractable alcanzan su punto más alto a los 72 y a los 100 días de la muerte, respectivamente. Si lográramos entender mejor estos procesos, el análisis bioquímico de la tierra de la sepultura podría algún día ayudar a los investigadores forenses a calcular el tiempo que lleva un cuerpo enterrado en un lugar determinado.

Entierro

En el calor seco, sin tregua, del verano de Texas, un cuerpo dejado a su suerte se momificará antes de descomponerse del todo. La piel perderá enseguida toda humedad, y seguirá pegada a los huesos cuando el proceso haya finalizado.

La velocidad de las reacciones químicas que intervienen en el proceso se dobla con cada aumento de 10º en la temperatura, de modo que un cadáver alcanzará la fase de descomposición avanzada a los 16 días de la muerte en unas condiciones de temperatura media diaria de 25º. Para entonces, el cuerpo habrá perdido casi toda su carne y podrá empezar la migración masiva de las larvas al exterior del esqueleto.

Los antiguos egipcios aprendieron involuntariamente cómo el entorno afecta a la descomposición. En el período predinástico, antes de que empezaran a fabricar tumbas y féretros, envolvían a sus muertos en lino y los enterraban directamente en la arena. El calor inhibía la actividad de los microbios y la sepultura impedía que los insectos llegaran al cuerpo, de modo que estos se conservaban excepcionalmente bien. Más adelante empezaron a fabricar tumbas elaboradas para los muertos con el fin de asegurarles una buena vida en el más allá, pero el efecto fue el contrario al deseado, ya que al alejar el cuerpo de la arena, la descomposición se aceleró. Así, inventaron el embalsamiento y la momificación.

El embalsamiento implica el tratamiento del cuerpo con sustancias químicas que reducen la velocidad del proceso de descomposición. Un embalsamador del antiguo Egipto lavaría primero el cuerpo del muerto con vino de palma y agua del Nilo, sacaría casi todos los órganos internos a través de una incisión a lo largo del costado izquierdo y lo llenaría de natrón (una mezcla salina típica del Valle del Nilo). Utilizaría un gancho largo para extraer el cerebro a través de las fosas nasales y luego cubriría todo el cuerpo con natrón y lo dejaría secarse durante 40 días. En un primer momento, los órganos secos se dejaban en jarras canópicas enterradas junto al cuerpo; más adelante, se envolvían en lino y se devolvían al cadáver. Por fin, el propio cadáver era envuelto en múltiples capas de lino para prepararlo para el entierro. Los funerarios estudian todavía hoy las técnicas de embalsamiento de los antiguos egipcios.

En la funeraria, Holly Williams hace algo parecido, de modo que la familia y los amigos puedan ver a sus seres queridos como alguna vez fueron, y no como realmente son ahora. En el caso de víctimas de muertes traumáticas y violentas, eso implica una reconstrucción facial exhaustiva.

Al vivir en una ciudad pequeña, Williams ha trabajado con mucha gente a la que conocía o con la que creció: amigos que murieron de una sobredosis, se suicidaron o tuvieron un accidente al volante mientras enviaban un mensaje. Cuando su madre murió hace cuatro años, Williams tuvo que arreglarla también, retocando su cara con maquillaje. “Siempre la peinaba y la maquillaba cuando vivía, así que sabía cómo hacerlo”.

Lleva a John a la mesa preparatoria, le quita la ropa y le coloca en posición antes de coger de un armario varias botellitas de fluido para embalsamar. El fluido contiene una mezcla de formaldehido, metanol y otros disolventes. Al enlazar las proteínas celulares y fijarlas en su lugar, conserva, durante un tiempo, los tejidos del cuerpo El fluido elimina las bacterias e impide que rompan las proteínas y las utilicen para alimentarse.

Igual que una piña de pingüinos en el Polo Sur, la masa larval está en constante movimiento. Pero mientras los pingüinos se juntan para darse calor, las larvas se mueven para refrigerarse Williams vierte el contenido de las botellas en la máquina embalsamadora. El fluido se despliega en colores que se corresponden con distintos tonos de piel. Williams limpia el cuerpo con una esponja húmeda y hace una incisión diagonal justo sobre la clavícula izquierda. “Alza” la arteria carótida y la vena subclaviana del cuello, las liga con bramante e introduce una cánula (un tubito) en la arteria y unas pinzas pequeñas en la vena para abrir los vasos sanguíneos.

A continuación enciende la máquina, que bombea fluido embalsamador en la arteria carótida y por todo el cuerpo de John. A medida que el fluido avanza, la sangre sale de la incisión, descendiendo por los bordes acanalados de la mesa de metal hasta la pila. Mientras tanto, Williams coge uno de los miembros para masajearlo con cuidado. “Se necesita cerca de una hora para extraer toda la sangre de una persona de tamaño medio y sustituirla por fluido embalsamador”, dice. “Los coágulos pueden ralentizar el proceso, y el masaje los deshace y facilita el flujo del fluido embalsamador”.

Una vez sustituida la sangre, introduce un aspirador en el abdomen de John y aspira los fluidos de la cavidad corporal junto con la orina y las heces que aún pudiera haber allí. Por último, cose las incisiones, limpia el cuerpo una segunda vez, le arregla las facciones y vuelve a vestirlo. John está listo para su funeral.

Los cuerpos embalsamados terminan por descomponerse. Cuándo exactamente, y en cuánto tiempo, es algo que depende de cómo se hiciera el embalsamamiento, del tipo de ataúd donde descansa el cuerpo y de cómo fuera enterrado. Al fin y al cabo, los cuerpos son solo formas de energía atrapadas en masas de materia a la espera de ser liberadas en el universo.

Según las leyes de la termodinámica, la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. En otras palabras: las cosas se descomponen y, en el proceso, su masa se convierte en energía. La descomposición es un final, un recordatorio morboso de que toda la materia del universo debe obedecer estas leyes fundamentales. Nos desbarata, equilibrando nuestra masa corporal con su entorno, reciclándola para que otros seres vivos puedan usarla.
Cenizas a las cenizas, polvo al polvo.

Este artículo se publicó por primera vez en Mosaic y se publica aquí en español con una licencia de Creative Commons.

Autor: Moheb Costandi
Editor: Mun-Keat Looi
Verificadora de información: Kirsty Strawbridge
Corrector: Tom Freeman
Traductor: Christian Law Palacín

lunes, 5 de octubre de 2015

Henning Mankell frente al duelo de la muerte


EL PAIS
Nueve años tenía Henning Mankell (Estocolmo, 1948) cuando el futuro puso en él la semilla de la cara y la cruz de lo que sería su vida. Al menos una parte esencial. La primera lo haría consciente de su existencia en el mundo y delinearía su identidad y destino, cuando una mañana de invierno, camino del colegio, lo sorprendió “una certeza inesperada. Como una carga eléctrica: ‘Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo”. La otra mitad de la semilla guardaba el primer atisbo de la enfermedad que hoy está en su horizonte, cuando estaba en un hospital con unas molestias en el apéndice y el compañero de habitación era un hombre con cáncer terminal.
Esa fue la primera vez que el escritor sueco, que puso la novela policiaca de su país en el mapa mundial y lo convirtió en uno de los clásicos contemporáneos del género, escuchó esa palabra que 57 años después lo tocaría a él de manera contundente. Una pesadilla. El 16 de diciembre de 2013 sufrió un accidente en su coche, el día de Navidad se despertó con lo que pensó era una tortícolis, en los días sucesivos el dolor se extendió de manera extraña, el 8 de enero de 2014, de una mañana fría y nevada, fue al hospital y tras unas radiografías le diagnosticaron un tumor cancerígeno en el pulmón izquierdo con metástasis en la nuca. Los siguientes diez días fueron devastadores para su ánimo. Conoció el pavor. Creyó hundirse. Hasta que emergió con la idea de afrontar la enfermedad, de no dejarse vencer y de contar ese duelo con la muerte desde la perspectiva de la vida.
Arenas movedizas es el título que le puso Mankell a ese libro que reúne sus vivencias y que edita Tusquets (traducción de Carmen Montes Cano), el sello que ha publicado todos sus libros. Allí enfrenta el horizonte de la muerte creando el arco de algunos de los primeros hallazgos que han marcado su existencia personal y colectiva. No es un libro filosófico ni de autoayuda, aunque esté esparcido de preguntas esenciales de siempre, sino que a partir de ellas recuerda que la vida de cada uno está llena de historias luminosas o sombrías, cuentos o novelas según se quiera, que nos conectan con el mundo.
Y, claro, al estilo de Mankell, hay una denuncia política y social sobre el legado que dejaría esta civilización a la humanidad: No será Rubens, ni Shakespeare, ni Beethoven, sino los residuos nucleares enterrados en el fondo de alguna montaña sueca jugando con la memoria de las siguientes generaciones, con el riesgo paradójico de que, afirma Mankell, el último recuerdo que deje el ser humano será ése: "Que nadie recuerde nada. Lo último que dejaremos detrás de nosotros es algo que escondemos para que nadie lo encuentre”.
Arenas movedizas es la vida como un rompecabezas de historias que entretejen en silencio el porvenir de una persona. Empezando por el título, Mankell cuenta cómo le aterraba, desde niño, y durante sus periplos por el mundo la idea de ser engullido por una de esas arenas pero luego descubre la verdad que las rodea, todo mito. Y en este caso, frente a la enfermedad que parecía engullirlo sale de allí al aferrarse a los recuerdos, al repasar su vida: “Puede que no me atreviera a pensar en el futuro. Era territorio incierto, minado. Así que volvía continuamente a la infancia”, escribe en el libro. Y también a su adolescencia y a su madurez, a sus momentos estelares.
Entre las obras de Henning Mankell destaca la serie policiaca del inspector Kurt Wallander, traducido a 40 idiomas, que inició en 1990 con Asesino sin rostro. En sus novelas, narra dramas humanos en los que advierte problemáticas sociales o políticas de su país o de Europa. Una mirada a la cual ha contribuido su presencia en África desde 1973 cuando fue por primera vez.
Con todo eso ha creado este libro-testimonio. Una procesión de episodios de primeras veces y sus sombras. Un espejo retrovisor, como él lo llama, en el que mira atrás para seguir avanzando

lunes, 21 de septiembre de 2015

Albada de la ausencia


Me despido de mi tierra,
de mis montañas y ríos,
me marcho porque me empujan,
nunca lo hubiera querido.

Aunque me voy no me voy,
aunque me voy no me ausento,
aunque me voy de persona,
me quedo de pensamiento.

(José Antonio Labordeta - Joaquín Carbonell)

martes, 19 de mayo de 2015

Seremos abono, mas tendrá sentido.


La arquitecta Katrina Spade ofrece una alternativa verde a la cremación: convertir en abono a los muertos.

La quema de señoras y señores produce mucho gas de efecto invernadero, y la conciencia ‘ecololó’ se preocupaba; ahora, se dice, ha encontrado por fin una muerte que la satisface

Algunos dicen que fue cocinar, otros que fue enterrar lo que hizo al hombre hombre, mujer a la mujer. Aunque enterrar es otro abuso torpe del lenguaje. Donde dice enterrar debería decir encavernar o quemar o entregar a las aguas o colgar de una rama, y deberíamos decir: que lo que terminó de hacer de aquellos monos animales diferentes fue la decisión de ocuparse de sus muertos, decidir que esos montones de materia que carroñeros comerían o el tiempo pudriría merecían un destino mejor porque había deudos o dioses o espíritus que así lo demandaban.

Los ritos funerarios cambian con los tiempos y, en cada cual, hablan de su cultura: nada más contemporáneo que el paso del cementerio urbano —donde filas y más filas de nichos se amontonan según el modelo de los edificios de viviendas– al cementerio country club –donde los muertos viven en las bucólicas parcelas de un barrio privado—. Pero las verdes praderas son, como casi todo últimamente, un privilegio: un planeta superpoblado sólo soporta tales coqueterías si las practican pocos. Lo cierto es que somos demasiados y nos morimos casi todos, así que los muertos tienen cada vez más problemas para encontrar su lugar en el mundo.
"Unas semanas de bacterias y enzimas convertirán a mamá en 80 litros de humus de primer"
La cremación es, hoy, la solución favorecida: convertir al abuelo en una cajita de cenizas que queda tan emotiva en el estante de la sala, a la izquierda del televisor. Pero la quema de señoras y señores produce mucho gas de efecto invernadero, y la conciencia ecololó se preocupaba; ahora, se dice, ha encontrado por fin una muerte que la satisface.

La tendencia apareció, faltaba más, en Estados Unidos, y lo cuenta el New York Times. Allí –en Seattle, of course– una arquitecta de 37 años, Katrina Spade, armó una empresa, Urban Death Project –Proyecto Muerte Urbana– que ofrece una forma nueva de la vida eterna: abonar, igual que en esta vida de consumo, sólo que en su significado primitivo: ser abono.

El mecanismo es simple: el cuerpo yerto se tiende sobre leña y se cubre con leña. Entonces el nitrógeno de la carne y los huesos se combina con el carbón de la madera para llevar la materia a unos 140 grados y “cocinarla” y producir la mejor tierra.

La idea tiene antecedentes fructíferos: ya muchas granjas norteamericanas hacen compost con los cuerpos de sus vacas, ovejas, cerdos muertos. Pensar que nuestros restos pueden terminar igual que los de otros animales es un paso interesante: desandar el camino que nos llevó, hace tantos milenios, a inventar los ritos funerarios.

Pero la señora Spade ofrece algún paliativo: una torre funeraria donde los deudos llevarían a su difunto y lo acostarían en una plataforma, con sus maderitas. Allí, bajo el cuidado de sus empleados, unas pocas semanas de bacterias y enzimas convertirían a mamá en 80 litros de humus de primera –que sus deudos podrían usar, si les place, para abonar una planta, algún árbol, y asegurar su permanencia verde–. Y todo por un precio muy inferior a cualquier otro rito: no más de 2.500 dólares, unos 2.350 euros.

La idea es casi revolucionaria: de cómo convencernos de que los muertos están muertos, que somos pura materia natural –camino de pudrirse–. El problema es que hay que vendérsela a los vivos. Es incómodo pensarse en un cajón plomado, hoguera despiadada, hoyo profundo; no es fácil imaginarse fermentando entre leños con el noble propósito de mejorar las alcachofas. Aunque siempre se pueda recurrir, como consuelo, al maestro Quevedo: “Serán abono, mas tendrá sentido…”.