sábado, 5 de abril de 2014

El cáncer y la muerte de Carmen Díez de Rivera.



 
Carmen Díez de Rivera, jefa de Gabinete de Adolfo Suárez en la primera Transición
La vuelta a la actualidad de Carmen Díez de Rivera, tras la muerte de Adolfo Suarez, me hizo recordar su muerte hace ya quince años. A los 55 años se le detectó un precoz cáncer de mama. Dos años y medio más tarde, la enfermedad acabó con la vida de Carmen Díez de Rivera, jefe de Gabinete de Adolfo Suárez en la primera Transición. El libro Historia de Carmen, narra sus vivencias, de las que no quiso liberarse hasta la muerte de su madre, la marquesa de Llanzol. La periodista Ana Romero es la autora de sus memorias.

La clínica Ruber Internacional es un edificio pequeño, de dos pisos, escondido en una calle secundaria de la urbanización Mirasierra, en el norte de Madrid. En la entrada hay un olivo que parece centenario. El 24 de septiembre de 1998, Carmen intuyó allí que se moría. Lo hizo en la planta baja, tendida sobre una camilla junto al despacho del doctor César Mendiola. En una revisión, este médico de aspecto triste y acento andaluz, descubrió que tenía una «masa esférica encima del ombligo, a la derecha». Era ascitis, metástasis peritoneal. “El cáncer es dramático en cualquier circunstancia, Ana, pero todavía lo es más cuando habiéndose cogido a tiempo te vas a morir por ello. Yo he hecho prevención toda mi vida, y me muero porque un oncólogo español ha ignorado un marcador de una revisión que me hice en Bruselas. Era un marcador de un ovario que estaba a 40 cuando tenía que estar a 35». 

¿Qué ocurrió en ese año y medio desde que Carmen se operó de un tumor mínimo en un pecho hasta que descubrió que el cáncer se le había extendido de forma irreversible? La historia de su enfermedad, y su muerte en apenas tres años, comienza un miércoles por la mañana del otoño de 1996, en el despacho del Parlamento Europeo en Estrasburgo. Manu, el asistente, le entrega el resultado de la tercera mamografía que se había hecho ese año. Según Manu, ella se hacía varias mamografías anuales porque estaba muy concienciada y tenía verdadero miedo al cáncer. En esta última se le había detectado un cáncer de mama. Carmen se abrazó impulsivamente a él y se puso a llorar. Fue la única vez que la vio derramar unas lágrimas. 


Medio año más tarde, el 19 de marzo de 1997, le fue amputada la mama izquierda. El tumor medía 0,9 centímetros de longitud y, según me explicó el doctor Mendiola, tenía “diferenciación coloide», que quiere decir menos agresivo, con 16 ganglios negativos y receptores de estrógenos positivos. «Una perita en dulce», concluyó este médico de 49 años, nacido en Colmenar Viejo y criado en Andalucía. UN ERROR MEDICO Sin embargo, medio año después le reapareció como cáncer de ovario. Las versiones son contradictorias. Carmen dejó grabada en cinta una denuncia pública al doctor Mendiola, al que acusaba de negligencia médica por incurrir en un error de detección. Entrevistado dos  años después de su muerte, el doctor Mendiola declara que fue un episodio de “mala suerte», y que está acostumbrado a que algunos pacientes, aquellos cuyos casos no van bien, la emprendan contra él. 

Según Carmen, después de que le amputaran la mama izquierda, Mendiola nunca le pidió que se analizara periódicamente el resto del aparato ginecológico. Ella decía que había que hacerlo siempre en estos casos. Decía que sin que el citado doctor se lo pidiera, fue a hacerse un análisis en Bruselas. Allí la alertaron de que un marcador oncológico del ovario estaba subiendo. A Carmen se le amputó un pecho con un tumor tan insignificante, que el 80% de las mujeres se curan tras la intervención quirúrgica. De ese 20% restante, el 10% remata tomando una pastilla diaria de tamoxifeno durante cinco años. El 10% al que le reaparece en otro lugar acaba muriendo. El cáncer de mama que se reproduce es incurable. Dice Mendiola que este último dato, Carmen lo desconocía, porque a los pacientes se les oculta para darles siempre una esperanza. El primer error en el que incurrió Carmen fue tomar la pastilla de tamoxifeno sólo durante cinco días. «No la aceptaba. Me llamó desde Jerusalén para decirme que le producía sequedad en la vagina y que la ponía nerviosa”. En cuanto a esa falsa metástasis que le detectaron en el hígado, el doctor Mendiola dice que le preocupó mucho observar unas lesiones que luego resultaron ser consecuencia de su estancia en África.



 “Yo reconozco, Ana, que nunca he sido una persona rencorosa, pero esto es muy, muy difícil de asumir, que un profesional, o que se llama profesional, haya actuado de esta manera. Y aquí te entrego el análisis que atestigua cuanto dije. Porque nadie asume la responsabilidad, y encima intentan culpabilizarle a uno de tener un ovario que hace esos gestos. Yo sólo puedo decirte que en el Parlamento Europeo había cuatro personas que tuvieron cáncer de mama. Una era italiana, otra era holandesa, otra danesa, y otra yo. Todas ellas lo tuvieron infinitamente peor que yo, cogidos más tarde; el mío tenía tres meses. Evidentemente, la italiana tuvo el acierto de no hacerse tratar en su país. Yo nunca pensé que hubiera hecho falta hacerlo fuera de mi propio país. No quería ser pija, ni señoritinga, ni todas estas cosas, y pensé, con las expectativas que medaban, y haciendo las revisiones que me indicaban, que no haría falta”. El segundo error, según Mendiola, lo cometió Carmen a partir de ese 24 de septiembre de 1998, cuando él descubrió la ascitis en el vientre. Carmen, furiosa, se fue a operar  por laparoscopia al Hospital Clínico de Barcelona, con el catedrático Joan Rodés.



El 13 de octubre le hicieron la biopsia en los nódulos que le habían extraído: efectivamente, era un carcinoma compatible con el que había tenido de origen mamario. Era la prueba que Carmen necesitaba para enfadarse aún más con el doctor Mendiola. Oyéndolos hablar, él en directo, ella en cinta, las versiones son irreconciliables. En todo momento, el doctor Mendiola insistió en que se trataba de un caso «muy raro, completamente atípico». Al final, en la entrevista que mantuvimos en su despacho de la clínica Rúber, le pregunté por qué no quiso que Carmen controlara los marcadores del ovario. Me dijo que, de todas maneras, una vez reproducido el cáncer de mama en otro lugar, éste no tenía, por desgracia, cura. Eso Carmen nunca llegó a saberlo. “Siempre se nos ha atacado a la clase política, y con razón, de convertir la política en un negocio, pero es que la medicina, en muchos casos, también se convierte en un negocio.



Por las experiencias posteriores que he tenido, Ana, y por la gente con la que he hablado, lo que a mí me ha ocurrido no es un caso excepcional. Hay errores, muchísimos, que no quiere acción de que a la otra persona la inhabiliten es nula. Pero si tengo la ocasión de decirlo, lo cuento, y ahí tienes las pruebas. Si no estoy, que Mendiola intente decir algo distinto. Aquí tengo los informes. Mendiola no es el único, debe haber muchísimos”. Conmigo, sin embargo, el doctor Mendiola se mostró muy amable, y no puso ningún reparo en contarme su versión de los hechos. “Todavía no sé si fue un solo tumor o dos diferentes concluyó con cierta tristeza. No se pudo comparar la tripa con la mama. Ella empezó un tratamiento basado en la biopsia de Barcelona en vez de seguir uno aquí. Luego se fue a ver a un tercer médico en Menorca. No aceptó nunca cómo un caso tan favorable se transformó en todo aquello. Nosotros no lo entendimos. Lo que le ocurrió a Carmen fue muy atípico. Ella se aferró a lo del marcador. Pero no tenía los conocimientos necesarios: cuando el marcador sube, como le subió a ella, ya no hay solución. Yo no podía decirle nada, sobre todo cuando ya se quebró la relación. Fue un caso desgraciado”.



A Carmen le sobrevino la enfermedad en el peor de los momentos. Después de toda una vida dándole vueltas a estas memorias, empezó a escribir algo en 1994. Cuando cayó en la cuenta de lo doloroso que sería para su madre, decidió postergarlas hasta que la marquesa de Llanzol muriera. Y fue justo a finales de 1996, cuando Sonsoles de Icaza estaba ya bastante enferma, cuando se le detectó el cáncer. Entonces concentró todos sus esfuerzos en la enfermedad en vez de liberarse por fin de su historia, lo que le habría ayudado a ser más feliz. Cuando nos conocimos, ella ya sabía que no le iba a dar tiempo a escribir este libro. Después de numerosas llamadas telefónicas, al más puro estilo Carmen, llegué a Candeleda el 26 de julio de 1999, día de santa Ana. Era un lunes. No se me ha olvidado cómo la encontré. Estaba en el agua, nadando. La oí gritar mi nombre y, al buscarla, la vi de pie en la piscina natural, agitando los brazos en el aire, con un gorro de plástico y unas gafitas de nadadora. Luego avanzó hacia la orilla, nadando a braza. Llevaba un bañador rojo, del mismo color que su coche, un Volkswagen Golf, aparcado bajo una encina. Me fijé en las piernas, bonitas y delgadas, quizá demasiado rectas. Sele notaban las dos heridas del cáncer: por un lado la falta del pecho izquierdo y por otro, el vientre abultado.



EL ULTIMO DIA

Pero ese 26 de julio la encontré mejor que el pasado 30 de mayo, cuando había estado grabando en su casa de Madrid. Andaba emocionada con la victoria de Lance Armstrong, el ciclista norteamericano que el día anterior había ganado el Tour de Francia. Armstrong había estado muy enfermo de cáncer, y Carmen tenía una foto suya en la cabecera de la cama de Madrid.

 

Estaba de buen humor, con muchas ganas de trabajar, y haciendo bromas con el nombre de la plaza principal del pueblo: ¡la Cabra Hispánica! Por la tarde, después de trabajar, vinieron a casa de los Garrigues el cura Eladio y el médico del pueblo. Uno a darle la comunión, y el otro, consuelo. Pasamos un rato charlando con ellos: de los cinco mil habitantes que tiene el pueblo, de que es el único sitio de España donde puedes bañarte en agua natural, de lo que diríamos sobre Candeleda en nuestro libro. 

Carmen estaba contenta. A veces ni siquiera contestaba las llamadas en el móvil. “Lo único que quieren es machacarme a base de unas quimioterapias feroces. Yo siempre he creído en la razón, en la muerte digna. Me están dando una calidad de muerte, pero no de vida. 

El cáncer no se puede vivir bien. Es difícil de vivir cualquier enfermedad. Yo rechazo totalmente, y tú lo sabes, y otra gente lo sabe, el convertirme exclusivamente en una persona enferma. La enfermedad ahora es una parte de mi existencia, una parte dura, muy difícil, porque éste es un tema como podía ser la lepra antes, es algo parecido. Además, un cáncer donde hay metástasis es normalmente muerte. Si no, son unas alternativas de horror, las terapias que te ofrecen, a cuál más horrible. Yo estoy intentando, como puedo, no deprimirme, pero claro, si no te deprimes con un tema de estas características, tú me dirás. Pero si además de encontrarte así, y además de que me queda poca vida, encima me voy a deprimir, y me voy a pasar la vida contestando a preguntas como cómo estás permanentemente... Te llaman todo el rato, y yo lo agradezco; te llaman y en vez de contarte cosas sobre la vida, que es lo que estás deseando, te están hablando siempre de tu enfermedad. Qué tal te encuentras, cómo vas. Como si fuera una gripe. Esto no es una gripe, es una tragedia”. 

Al terminar de trabajar nos íbamos en mi coche al hostal Los Castañuelos a cenar. A pesar del calor y del polvo del camino no me dejaba poner el aire acondicionado. Yo la llamaba maniática absurda. Allá íbamos, sin aire y riéndonos de sus malvadas bromas. Comía bien, y a veces tomaba hasta un poco de Rioja. Su menú preferido: espárragos del raso y solomillo, con un poco de vino tinto. Yo le insistía para que se sumara al caldo. Ella lo hacía a regañadientes. Le parecía que era «sopa de viejas”. Una noche, al despedirnos, me dio las gracias por hacerla sentir viva. Es uno de los recuerdos más preciados que guardo de ella. Me fui a la cama pensando que no sabía si este libro sería publicado alguna vez, pero que sólo por esas cenas en Candeleda, llenas de alegría y de amistad, todo había valido la pena. Hablábamos mucho, de todo. Son conversaciones que guardo en mi corazón, de donde nunca saldrán. 

El 18 de agosto se marchó a Menorca, y el 29 la llamé para felicitarla por su 57 cumpleaños. Volvió a Madrid para morir. Antes, me envió una cinta, la última. Lo hizo a la embajada británica, donde trabajaba Edward, porque decía que no se fiaba de los periódicos, en cuyas redacciones todo se acaba perdiendo. Aquí la reproduzco casi íntegramente. No hay mucho más que añadir. “Como el cáncer es una tragedia, Ana, lo que me divierte, lo que me apetece es apurar el limón de la vida, y la naranja de la vida hasta el final, y beberme el mar de un golpe. Evidentemente, con serenidad, exasperada pero no desesperada. ¿Consuelos en la enfermedad? Pues no. Yo no sé si no lo sé hacer, no lo sé enfocar. ¿Autolamentarse? Tampoco. No sirve para nada. Entereza, como dice mucha gente. 

Pero el tener que ir al hospital cada 10 días o menos a que te vacíen el peritoneo de líquido ascítico...Y que no siempre lo hacen bien. Casi nunca lo hacen bien. A veces no sale. A veces pinchan mal. Siempre es culpa de uno. Yo en eso nunca lo he visto todavía, decir: mire, es que le he pinchado mal. Normalmente añaden: 'Es que está usted tabicada’. O que te destrocen una vena, y entonces te dicen: 'Claro es que las tiene usted abrasadas'. Es muy desagradable porque se te va la vida. Yo sé que me estoy muriendo, sé que mi organismo está plantando una lucha feroz, porque el tiempo que me habían dicho lo he superado ampliamente. Me cuesta mucho no montar en bicicleta. Lo de vaciarte el líquido es demoledor. Es además un cáncer, el del peritoneo, muy doloroso. No sabes qué ropa ponerte, porque pareces una embarazada inmensa. Es muy duro. A los 70 años también debe ser muy duro. Y no sé si a esa edad el organismo está también más agotado. Yo me noto todavía en el estado que estoy, y habiendo perdido ya tantísimos kilos, y viendo cómo se te perfila la nariz, cómo desaparecen los muslos, cómo empiezan a parecer las vértebras y las costillas, y la columna vertebral. Sin estarse examinando constantemente. Viendo, sobre todo, esa mirada de una tristeza infinita. Noes que se esté uno autocontemplando. Pero es que claro, cuando te duchas, te lavas, y te pones crema, te miras al espejo y no te reconoces. O cuando, por azar, te tienes que hacer una foto, pues eso, para renovar el carné de conducir, por ejemplo, y te ves en la fotografía y no sabes quién es, y ves la cara de muerta que tienes». 

LA LIBERTAD 

“Yo tengo la sensación de padecer una doble enfermedad, el cáncer y el haber perdido prácticamente toda mi libertad. Por eso el rato pasado a pesar de tener toda la panza hinchada, llena de líquido, el cuerpo cada vez más reducido en el mar, en el mar de Menorca, sola, bajando sola por mi acantilado, mi acantilado de los últimos veintitantos años, en ese mar de seda, en ese mar maravilloso, pudiendo nadar, no te digo como siempre, pero parecido, así lo dicen las personas que me han visto nadar, y no de frente, hinchada, con el líquido ascítico que me desborda constantemente, ha sido y es un ejercicio de libertad, de placer, de maravilla; tanto que alguna vez mis lágrimas se han mezclado con el mar, porque me cuesta mucho pensar que ya no voy a nadar, que ya no voy a estar dentro del mar, que ya no voy a coger jazmines al atardecer, mirando esos firmamentos espectaculares, aunque yo prefería el cielo de Almería y, desde luego, el de África, el de África negra. Pero lo tengo que vivir desde una condición importante ya de minusvalía. Ni intelectual, ni afectiva, ni sensitiva, pero evidentemente el cuerpo está herido de muerte. Lo intento, no siempre lo consigo, pero desde luego el tiempo que he pasado desde el 18 de agosto hasta octubre, nadando, en mi mar, realmente ha sido algo impresionante que me ha ayudado mucho en este horrible año que he pasado en todos los sentidos. Las luces de un atardecer, el piar de los pájaros, que vienen aquí al cañaveral de una casa próxima, que existe. No sé. Esos colores cambiantes que tiene el mar y esa sensación infinita que te he descrito en otro lugar, pues sí, ha sido como recuperar un sueño de libertad. Haciendo un fortísimo esfuerzo, no cabe duda. Porque cada mañana, cuando ahora me levanto, intento convencerme de que tengo que vivir como si fuera el último día de mi existencia». 


Texto extraído de sus memorias, editadas por Planeta y escritas por la periodista Ana Romero.

4 comentarios:

  1. Que belleza de paisaje y de persona !!! Quizá hoy , con su rebeldia y su verdad hubiese cuestionado otras muchas hipotesis sobre enfermedad y salud de las personas de todas las latitudes y de la enfermedad y salud del Planeta Tierra machacado por los humanos . Impresionante tu amor a la Naturalez , nada Carmen , vive Carmen !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  2. También para morir hay que tener buena suerte.
    Precioso post. Gracias.

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  3. Maldita enfermedad en mi casa paso por ella hay que tener muchas fuerzas y vivir cada día que abres los ojos y dar gracias a Dios por ello...

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  4. Qué grande Carmen !!!! Le falto su padre y eso que fué hija del amor.
    Yo llevo 7 años luchado con el cáncer y no concivo mi vida sin la ayuda de MI MADRE, MI MARIDO Y MIS HIJOS, y por supuesto mis ganas de VIVIR, soy muy joven y tengo un mundo entero por descubrir. Mil besos Carmen y D.E.P.

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