jueves, 2 de agosto de 2012

"Me queda un mes de vida..."






"Me queda justamente un mes de vida. Es el diagnóstico que acaba de darme mi médico. Eso sí es 'materia grave', como dicen los sacerdotes en los confesionarios", reveló a Proceso, el miércoles 4 de agosto, el escritor Germán Dehesa, durante la última entrevista que concedió a la prensa escrita.

Y así fue, el pronóstico médico se cumplió; un mes después, el jueves 2, el columnista y dramaturgo murió a causa de un cáncer, a los 66 años.

En esa entrevista, Dehesa pidió al reportero que no revelara cuánto tiempo le habían dado de vida. Se veía fatigado. Hablaba con voz muy baja. Su silla de ruedas permanecía plegada a un lado de su escritorio.

-¿Qué hace inaceptable a la muerte: las ansias de inmortalidad, el miedo al olvido?- se le preguntó.

-No. Es el hecho de dejar de ser... El no volver a escribir más en mi computadora... el no volver a abrazar a mi mujer.

Dijo que quería morir como un hombre "cabal" y con una vida "cumplida" a la que no pudiera hacérsele ningún reproche: "Hay que dar prueba de una vida cumplida, de una vida ceñida a un compromiso de trabajo y de creación".

Lamentó el hecho de que ya no podría escribir una novela que traía en mente. Trataría, dijo, acerca del "estado de gracia", al que calificó como esa "gran virtud que de niños nos enseñaban en las clases de catecismo".

Días después, el 11 de agosto, Dehesa todavía pudo recibir el reconocimiento de Ciudadano Distinguido que le hizo el gobierno del Distrito Federal, en una ceremonia realizada en el Teatro de la Ciudad "Esperanza Iris". Al término de ese evento presentó su último espectáculo, Permiso para vivir. Pudo mantenerse de pie en el escenario y hacer gala de su humor.

Y el 25 de agosto, en su columna Gaceta del Ángel, publicada en el diario Reforma, Dehesa escribió por fin que padecía cáncer:

"Creo que no les he contado que estoy enfermo, seriamente enfermo. Tengo cáncer, pero hasta ahora la enfermedad no me ha producido ningún dolor insoportable. Trato de vivir sobre las puntitas de los pies, pues en mis delirios, imagino que si casi no hago ruido, la enfermedad no se va a percatar de mi presencia y me permita colarme a la vida que es a donde me gusta estar".

Logró mantenerse activo como quería. Todavía un día antes de morir, el miércoles 1 de septiembre, publicó su columna Gaceta del Ángel, donde habló sobre la inundación que agobia a Tlacotalpan, y recordó las "horas felices" que pasó en ese pueblo veracruzano de pescadores, a orillas del Papaloapan.

En la entrevista con este semanario, Dehesa se autocalificó como un cronista, pues consideraba que la crónica era lo que unía a su trabajo periodístico y teatral:

"Lo mío es la crónica del pequeño acontecimiento, de los detalles menores de nuestra realidad en los que nadie se fija... Hago comedia de costumbres. Nunca he roto el marco de ese realismo costumbrista", dijo.

Crítico de la clase política mexicana, a cuyos miembros siempre satirizó sin hacer distingo de filiaciones partidistas, Dehesa escribió, entre otros, los siguientes libros: Fallaste corazón, La familia y otras demoliciones, Viajero que vas, Los PRIsidentes y Hablan los amorosos.

Asimismo, incursionó en el teatro con piezas de sátira política como Felipeus, la serie de los Tapadeus, El gabinete de Belem, Pacto con botas, Monjas coronadas...

Multifacético, fue además profesor universitario, conductor de radio y televisión, guionista, actor y director de espectáculos teatrales.

Logró escribir una breve semblanza autobiográfica, Yo contra mí, en la que habla del carácter "alegrísimo" y "desmadroso" de su padre, que contrastaba con la "condición sufridora" y "dramática" de su madre, una mujer muy devota que solía llevarlo de niño a la funeraria Gayosso para rezarle a muertos que ni siquiera habían conocido.

Al morir su madre, Dehesa tuvo que asistir a su funeral. Recuerda en su autobiografía:

"Cuando fui a la funeraria -estuve cinco minutos en Gayosso, tan mal nacido como soy, detesto ir a Gayosso, me encanta estar con los vivos, no sé qué le va uno a oler a los muertos-, le llevé unas rosas y le dije: 'Madre, ahí quedamos'".

Ahora, fue a Dehesa a quien le tocó ser velado en Gayosso, de Félix Cuevas. Dejó de ser. Dejó de escribir. Pero se llevó la satisfacción de haber logrado una vida "cumplida", como quería.

RODRIGO VERA/PROCESO

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