jueves, 13 de septiembre de 2012

Cuando muere un hermano.


Foto © Hirimotu

Dolor de hermano

He llorado junto a mis hijos la muerte de Martín. Hemos compartido ese dolor lacerante, incomprensible. Pero lo hemos compartido desde una experiencia vivencial distinta: yo había perdido un hijo, ellos a su hermano.
¿Qué pierde quien pierde a un hermano contemporáneo?
Pierde a un compañero de juegos; quizá deberá mirar sin comprender la cama vacía y su ropa dormida en el armario que compartían. Pierde un lenguaje común hecho de frases, travesuras y secretos. Pierde esas charlas, que de cama a cama se daban, riendo de ocurrencias e ingenuos proyectos mientras los acallaba el sueño. Pierde un amigo incondicional que se jugaba por él en los recreos del colegio o en rencillas juveniles. Pierde a quién, solidario, comprendía su llanto. Quizá deberá ahora caminar solitario por calles que antes recorrieron juntos. Su hermano se llevó los testimonios de una etapa. Muchas escenas, dolorosas y felices, sólo a él, lo tuvieron por testigo. Ya no podrá dialogar esos momentos que para los demás, serán solo un tierno relato.
El sentimiento, de difícil expresión, es de profunda tristeza. Tristeza y soledad. ¡Cuantas cosas mueren en una sola muerte!
La otra parte de esta desdicha, tiene como protagonista a una niña de seis años que pierde a su ídolo. Ese hermano joven que la asombraba con su destreza y su cariño. Ella también compartió juegos y travesuras con él, y las fotos compartidas hablan de un  inmenso amor. Seguramente lo pensaba inmortal. De la mano de su hermano, la vida transcurría feliz y protegida. Su desazón fue tremenda, su incomprensión no tuvo límites, como no tuvo límites la alegría de tenerlo y disfrutarlo. Hoy cuenta escenas convividas que nosotros ignorábamos. Hoy guarda el recuerdo en su corazón, y adorna primorosamente las fotos que los muestran juntos, y las conserva muy cerca de su diario vivir.
¿Qué queda por delante? Una vida. Una vida que se irá poblando de proyectos que no tendrán hoy el apreciado apoyo y la sincera y acompañada alegría.
¿Quién queda en casa? Dos padres abatidos que no pueden atender su dolor de hermano, porque sus propios dolores los anulan.
Martín fue importante, muy importante, y lo seguirá siendo sin duda. Hoy esos hermanos vivos sobrellevan su dolor con discreción casi anónima, porque las lágrimas y las flores no son para ellos.
Mañana querrán contarle a sus novias, a sus parejas, a sus propios hijos quien era ese chico con quien compartieron tantas vivencias plasmadas en fotos y en imborrables recuerdos. ¿Cómo se cuenta el amor? ¿Es posible contarlo? Quizá sólo en parte. El amor por Martín ha quedado dentro de ellos, como ha quedado dentro mío. En eso sí, nos parecemos. Cada uno, como padres o hermanos, atesoramos momentos irrecuperables, que son imágenes de una aciaga vida, que no pudo seguir siendo vida.
Sólo nos resta extrañar, de distinto modo, claro, a quien todos, todos, quisiéramos seguir abrazando.
Los padres que hemos perdido hijos, encontramos en los grupos de autoayuda, el remanso y la comprensión necesaria para continuar nuestros  caminos. Los grupos para hermanos  pueden resultar igualmente beneficiosos para ellos.  Si bien son aún una asignatura pendiente de difícil concreción, no debemos claudicar en el intento de lograrlo.

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