martes, 3 de enero de 2012

Un más allá, más cerca que el más acá.

Karlfried Graf Dürckheim

La influecia de Japón en la vida de Dürckheim Providencialmente, o acaso por alejarlo de los puestos visibles u oficiales, es enviado en 1938 en misión cultural a Japón, para estudiar la relación e influencia de la espiritualidad japonesa en la educación. Así, para cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Dürckheim ya se encuentra en Japón, donde permanece casi 10 años impregnándose del zen y practicando la meditación y aquel sagrado silencio al que ya era proclive desde los bosques de cacería de su infancia, en compañía de su padre. Su estancia en Japón se ve interrumpida por la muerte de éste, y tiene que volver brevemente a Alemania con este motivo, heredando de paso el título nobiliario de Conde que aquel ostentara. 
 
En Japón conoce también a D. T. Suzuki y continúa con sus prácticas, a las que se suma el dibujo y el tiro con arco. Tiene oportunidad de conocer las múltiples expresiones del zen en las artes marciales, la danza, los arreglos florales, etc. Observa la simplicidad aparente y búsqueda de la perfección en estas manifestaciones, a través de las cuales el practicante se va alineando dentro de sí hasta ser uno con aquello que realiza, y uno consigo mismo. El propio cuerpo es a la vez el instrumento y el resultado de la sincronización total del ser y del hacer; quien refina es refinado.  
 
Es el período en el que K. G. Dürckheim va integrando dentro de sí la semejanza esencial de los mensajes de Meister Eckhart con los del Buda. Comprende que la budeidad es inherente a todo ser humano, que se puede tomar consciencia de esta semejanza esencial a través de una experiencia trascendente que nos muestre la unidad esencial de todos los seres, pero para que esta comprensión permanezca viva y presente en el vivir cotidiano debe mediar una transformación de la personalidad, a través de una práctica y un trabajo dirigidos. No basta haber tenido una experiencia numinosa (o “momentos privilegiados”, u “horas estrellas de la vida”, como las llamaba), debe darse testimonio permanente de esa nueva comprensión en cada acto, día tras día.  
 
Observa Dürckheim que el Ser esencial, la naturaleza de Buda, el satori y la naturaleza de Cristo son equivalentes, y quiere transmitir esta comprensión integradora y ecuménica a aquellos que anhelan una experiencia del verdadero Ser. Se da cuenta del abismo existente entre Oriente y Occidente en la concepción y tratamiento del cuerpo físico. En el hemisferio occidental normalmente al cuerpo se lo considera apenas como un recipiente, las más de las veces como un obstáculo al crecimiento interior, incluso como “el pecador”, y casi nunca como uno de nuestros más valiosos instrumentos para “ser”. En la perspectiva oriental, no es posible alinearse con la naturaleza esencial sin alinearse primero con el cuerpo, experimentándolo plenamente, tomando consciencia de sus zonas más recónditas, de sus reacciones y actitudes, de sus crispaciones, hasta que responda también a la dirección de la naturaleza pura y esencial del hombre. Y para los japoneses, este alineamiento pasa necesariamente por el centramiento en el Hara, centro energético de anclaje fundamental para cualquier práctica.  
 
El Hara es considerado como un núcleo de energía infinita no contaminada de ego, una suerte de centro-raíz que nos conecta con la totalidad de nosotros mismos, de modo tal que cualquier práctica o actividad que desarrollemos arraigados en él será realizada según el curso que debe suceder, sin intromisión de nuestros deseos o expectativas. Desde ese anclaje de libertad respecto del ego nos podemos entregar plenamente a la actividad en el momento presente. 
 
Lograr vivir permanentemente los actos cotidianos centrados en el Hara nos permite estar en el mundo sin pertenecer a él, actuar en el mundo sin identificarnos con el objetivo de nuestra actuación; realizar sin esperar el fruto de la acción. Paradójicamente, se dice que K. G. Dürckheim es el autor del primer –acaso único- libro acerca del Hara, centro energético acerca del cual los japoneses tenían un conocimiento previo milenario.

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